La noche envolvía la ciudad cuando el despacho de Ricardo Belmonte permanecía iluminado.
Sobre el escritorio descansaban varias carpetas, fotografías y copias de informes médicos.
El licenciado Ernesto Salazar pasó lentamente una hoja tras otra antes de levantar la vista.
—Mientras más reviso esto... más irregularidades encuentro.
Ricardo cruzó los brazos.
—¿Qué clase de irregularidades?
El abogado acomodó sus lentes.
—Después del accidente, todas las personas que tuvieron acceso a Adrián fuero