El sol de la tarde se filtraba a través de los amplios ventanales de la galería.
El aire olía a pintura fresca y a flores secas; un murmullo suave acompañaba el ir y venir de los visitantes. Miranda caminaba entre las obras, con paso tranquilo, sosteniendo una copa de vino blanco que un asistente le había ofrecido al llegar.
Hacía tiempo que no se sentía tan ligera.
Desde que había decidido retomar sus visitas al mundo del arte, su ánimo había cambiado. Era como si, entre lienzos y esculturas,