La mañana era cálida, con un sol que se filtraba entre las cortinas del dormitorio, pintando de dorado las sábanas revueltas.
Miranda despertó despacio, como si el sueño la retuviera unos segundos más en esa paz tan rara que últimamente encontraba.
Sintió el brazo fuerte de Adrián rodeándola, su respiración acompasada y profunda.
Por primera vez en meses, había dormido profundamente, sin sobresaltos, sin esas imágenes confusas que solían perseguirla en la madrugada.
Se giró con una leve sonrisa