El sol caía oblicuo sobre los ventanales. La semana había pasado como un soplo tibio entre paseos tranquilos, cenas discretas y silencios que, por primera vez en mucho tiempo, no parecían estar cargados de veneno. Adrián había cambiado. O al menos, eso parecia.
Durante esos días, él había sido paciente, incluso atento. Le llevaba el desayuno al taller, preguntaba por sus pinturas, la observaba trabajar sin interrumpirla. A veces, la sorprendía con una taza de café o con una de esas flores silve