La mañana amaneció clara, con una luz suave que se filtraba por las cortinas del dormitorio principal. Miranda abrió los ojos lentamente, desorientada por un instante, hasta que recordó dónde estaba: la mansión Belmonte. La misma casa que había jurado no volver a habitar.
Durante unos segundos, permaneció acostada, escuchando los sonidos que venían del pasillo. Pasos medidos. Una puerta que se abría. El murmullo lejano de personas.
Era la rutina de siempre… pero algo, en el ambiente, se sentía