La mañana se filtraba suave entre las cortinas. El canto de los pájaros llenaba el aire con un sosiego engañoso. Miranda se encontraba en El pequeño cuarto que había convertido en estudio, frente a un lienzo en blanco. Había intentado pintar durante la última hora, pero sus pensamientos eran como pinceladas desordenadas, imposibles de controlar.
Adrián entró sin hacer ruido. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y un aire de serenidad que contrastaba con la tensión de los días a