Pasó alrededor de media hora y Miranda aún seguía sentada en el comedor, con la taza de café casi intacta entre sus manos, ya fría. Sus pensamientos dieron mil vueltas en su cabeza mientras se cuestionaba a sí misma cómo había podido enamorarse tan perdidamente de un hombre que no la veía como nada más que un objeto.
Después de un rato, se puso de pie y se dirigió a su habitación. Allí permaneció el resto de la mañana; no quería estresarse y, mucho menos, dificultar su salud.
La tarde llego y l