Una hora más tarde, Adrián se levantó del sillón del despacho con un gesto decidido. El silencio de la mansión parecía amplificar el eco de sus pasos mientras subía las escaleras. Cada peldaño sonaba como una sentencia inapelable. No dudó ni un segundo en dirigirse hacia la habitación que compartía con Miranda.
Abrió la puerta de un golpe seco y luego la cerró con brusquedad, haciendo temblar el marco. El chasquido del cerrojo resonó como un encierro definitivo.
Miranda estaba recostada sobre l