El auto se detuvo frente a la entrada principal de la mansión Belmonte. El chofer, siempre atento, se apresuró a bajar y caminar hacia la puerta trasera para abrirla. Pero antes de que pudiera tocar la manilla, Adrián levantó la mano con un gesto seco.
—No.
Su voz sonó grave, cortante, como un trueno contenido. El hombre se detuvo en seco, desconcertado. Adrián bajó por sí mismo, cerrando la puerta con un golpe tan fuerte que el eco retumbó contra las columnas de piedra. La fachada iluminada de