La había deseado durante años, y Dios… la espera había valido cada segundo. El cuerpo de Selene parecía hecho para encajar perfectamente con el mío, y antes de darme cuenta, habíamos pasado de un balanceo suave a una noche de absoluta pasión.
El movimiento rítmico de nuestros cuerpos hacía vibrar el colchón bajo nosotros, como si marcara el compás de nuestra unión. La vacilación inicial de Selene se había desvanecido, reemplazada por una entrega que me enloquecía. Aun así, había sido firme en algo: no quería que tocara sus pechos. Aquella pequeña barrera, lejos de molestarme, me hizo sonreír. Sabía que todavía pertenecían a Theo, hasta que ella decidiera dejar de amamantarlo. Y aunque su negativa imponía un límite, también revelaba algo sagrado: Selene era una mujer y una gran madre, y la deseaba en ambas facetas con la misma intensidad.
—No te detengas… —suplicó entre gemidos, sus uñas hundiéndose en mis hombros.
Esas palabras bastaron para encenderme. Me incliné sobre ella, capturand