Las bromas que me había gastado Grayson no eran más inocentes que las de Julian y Ethan, pero de los tres era el que solía pensársela dos veces antes de ensuciarse las manos.
Claro… excepto aquella vez en la preparatoria, cuando aterrorizó a uno de mis pretendientes por supuestamente haber tomado algo suyo.
—¿Por qué me miras así? —balbuceó el chico, acorralado contra los casilleros.
—Por tomar algo que es mío —respondió Grayson, con una calma que daba más miedo que un grito—. Y no me gusta repetir advertencias.
No hizo falta que dijera más. El golpe llegó después, seco, amparado en una excusa tan absurda que nadie se atrevió a cuestionarla. Nunca supe qué era aquello que supuestamente había tomado, y aunque hoy todo parecía ridículo, después de descubrir la mentira de Julian y la indiferencia de Nathan, no tenía el menor ánimo para lidiar con él.
—Julian no está —le dije mientras se volteaba a verme—. Regresa por la mañana.
Mi tono fue tan plano que le arrancó una media sonrisa.
—No