Lo observaba sin juzgar; después de todo, ¿qué podía reprocharle? Yo habría hecho lo mismo para tener a Selene a mi lado.
—Y entonces la miraste a los ojos y simplemente le mentiste… otra vez —dije por fin, la voz baja pero pesada.
Julian soltó una risa seca, más defensa que humor, y empezó a girar el vaso entre los dedos para no mirarme.
—No le mentí realmente —replicó.
—Julian, por Dios… —resoplé apoyándome en el respaldo de la silla—. Sabes tan bien como yo que a Nathan no le importa lo que pase con ella.
Por un segundo sus ojos, oscuros y duros, se alzaron hacia mí con esa determinación que siempre lo hace inquebrantable.
—No le mentí —insistió—. En cuanto hable con él, Nathan le confirmará que sí me envió a ayudarla.
Alcé una ceja.
—¿Y eso cómo piensas lograrlo?
Sonrió como cuando ya tiene un plan trazado.
—Con persuasión, desde luego.
La frase no admitía dudas: estaba dispuesto a mentirle al mundo entero si hacía falta. Así que cambié un poco el rumbo de la conversación.
—¿Y si