Mundo ficciónIniciar sesiónSé que lo que estoy haciendo no está bien. Soy completamente consciente de ello… y aun así, en lo más profundo, algo insiste en que es lo único que se siente correcto. Mis pensamientos dan vueltas, pero mi cuerpo ya no obedece a la razón.
Entre mis muslos, Julian me reclama con una intensidad que me desarma. Su devoción me hace temblar, su hambre me consume, y cada caricia me roba la voluntad de detenerlo. Quiero resistirme—sé que debería hacerlo—pero no puedo.
La culpa late con fuerza en mi pecho, incluso cuando el placer asciende como un fuego que devora todo a su paso. Y en ese instante, en su boca que me adora como si yo misma fuera un sacrilegio, descubro la más exquisita forma de ser adorada.
Mi respiración se quiebra, y él lo nota. Se detiene, apenas un latido, alzando la mirada para encontrarse con la mía.
—Shhh… tranquila, cariño —susurra con esa voz profunda que me atraviesa—. Dulzura, no hay nada que temer.
—Esto no está bien… —murmuro, apenas un suspiro tembloroso—. Theo podría despertar…
—Todo estará bien —me asegura con firmeza, acariciando mis muslos con una dulzura que me enloquece—. Estoy aquí. Nadie te hará daño. Los protegeré a los dos. Confía en mí.
Julian me había llevado a su habitación con una seguridad inquietante. El monitor de audio seguía encendido en el buró; el más mínimo movimiento de mi hijo se escucharía de inmediato. Y aun así, la culpa me atravesaba como una hoja helada. ¿Cómo podía permitir esto, tan cerca de él? Julian me había perseguido en sueños durante años, y ahora le estaba permitiendo reclamarme de la forma más íntima. ¿Qué clase de mujer hacía algo así?
Estaba a punto de detenerlo, de rogarle que se apartara, cuando Julian volvió a exigirme, devorando cada pensamiento con su hambre. La vergüenza y la razón desaparecieron en la marea ardiente que desató sobre mí. Mi cuerpo respondió antes que mi mente, y antes de darme cuenta, me estaba ahogando en el calor que me desbordaba.
Un gemido escapó de mi garganta, involuntario. El fuego creció hasta volverse insoportable, hasta romperme en mil pedazos. Era la primera vez en mi vida que mi cuerpo se rendía así, la primera vez que alcanzaba ese abismo cegador que temía y anhelaba a la vez. El orgasmo arrancó la culpa de mis entrañas, aunque solo fuera por un instante, dejándome temblando, sin aliento—consciente de que Julian era el único hombre que me había dado un placer tan devastador… un placer que se sentía prohibido, porque con Edmund solo había habido dolor.
Entonces me miró, sonriendo con una satisfacción peligrosa.
—Tu sabor… —murmuró con voz oscura, saboreando cada palabra— me vuelve loco.
El calor inundó mis mejillas y desvié la mirada, incapaz de sostener sus ojos mientras él jugaba con mis límites, marcándome con la evidencia de mi rendición. Mis piernas seguían abiertas, dejándome dolorosamente expuesta a su escrutinio.
Antes de que pudiera hablar, lo sentí incorporarse. Sus labios trazaron un camino lento a lo largo de mis piernas, deteniéndose en mi vientre, donde dejó besos ardientes y tiernos.
—Julian… —susurré, llamándolo con voz temblorosa, consciente de las marcas que el embarazo había dejado en mí.
Él alzó la vista de nuevo, y su sonrisa se profundizó. En sus ojos vi algo que me hizo contener el aliento: una mezcla de lujuria cruda y algo más oscuro, algo que no supe nombrar, pero que me hizo estremecer.
Luego se enderezó, desabrochando sus pantalones con lentitud. Contuve la respiración. Incluso antes de que terminara, ya presentía la magnitud de lo que estaba por mostrarme. Mis pensamientos se torcieron en un único temor envuelto en deseo: ¿cómo voy a soportarlo dentro de mí?
Edmund no era así de grande.
—Deja de luchar, Selene… —murmuró Julian con ese tono profundo y autoritario—. Lo deseas tanto como yo.
Avergonzada, aparté la mirada. Pero negarlo era inútil, no cuando mi cuerpo me traicionaba con cada latido, no cuando podía sentir cómo me humedecía más a cada segundo, como si lo hubiera estado esperando toda mi vida. El recuerdo de lo que había hecho con su boca, de cómo me había llevado tan fácilmente al cielo, me recorrió con un escalofrío.
Y entonces me consumió un pensamiento tembloroso: si esto es solo con sus labios… ¿qué pasará ahora que use todo su cuerpo?
El rubor me ardió en las mejillas, y en mi vulnerabilidad, Julian encontró su momento. Con un movimiento lento y deliberado, abrió mi bata, revelando mi desnudez a sus ojos hambrientos como si acabara de descubrir un tesoro prohibido. Su mirada recorrió mi cuerpo, saboreando cada centímetro, antes de inclinarse sobre mí, envolviéndome con su calor y su sombra.
Lo sentí presionarse contra mí, llenando el espacio entre mi respiración y mi piel. Mi corazón golpeaba desbocado, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Y cuando por fin me reclamó, un estremecimiento me atravesó entera. La presión era abrumadora, mi cuerpo luchaba por adaptarse a su tamaño, y el malestar ardía con cada segundo.
Julian lo percibió de inmediato.
—Relájate, cariño… —susurró, con una ternura que cortó su fiereza—. Déjamelo a mí. No habrá dolor… Solo quiero hacerte sentir bien.
Inspiré hondo, aferrándome a sus palabras, obligándome a ceder. Poco a poco, mis defensas cedieron; mi cuerpo comenzó a moldearse al suyo. La punzada se suavizó, derritiéndose en un calor nuevo—más dulce, embriagador. Un gemido ahogado escapó de mis labios, llenando la habitación, y vi cómo la tensión se desvanecía del rostro de Julian, como si mi placer fuera la certeza que necesitaba.
Mis gemidos se hicieron más constantes, prueba de que no habia dolor solo placer. Julian lo entendió, y en cuanto supo que yo estaba perdida en el gozo, él también se dejó llevar, su ritmo arrastrándome con él hacia una tormenta de la que ya no quería escapar, al menos no esta noche.







