No era que Selene no me importara.
El problema era que, cada vez que pensaba en ella, algo dentro de mí se desacomodaba. Como si una parte que llevaba años cuidadosamente sellada comenzara a resquebrajarse. Y yo no podía permitirme eso. No ahora. No cuando todo dependía de que siguiera siendo el mismo hombre que todos creían conocer.
—¿Estás bien? —preguntó desde muy cerca.
Su voz no tenía reproche, solo una leve impaciencia. Su peso, su respiración, la cercanía que en otro momento habría sido suficiente para borrarme cualquier pensamiento ajeno hoy no era suficiente.
—Sí —respondí en automático.
No era del todo una mentira. Solo estaba armando un plan dentro de mí.
—Porque no parece —dijo, bajando apenas el tono—. Pareciera que tu mente está en otro lado.
No respondí de inmediato.
—Solo estoy cansado —mentí.
Un silencio breve. Denso.
—¿Cansado de mí? —preguntó entonces.
Nos miramos entonces. Sus ojos buscaban algo que yo no estaba dispuesto a darle.
—No —respondí—. No es eso.
Pero t