No era que Selene no me importara.
El problema era que, cada vez que pensaba en ella, algo dentro de mí se desacomodaba. Como si una parte que llevaba años cuidadosamente sellada comenzara a resquebrajarse. Y yo no podía permitirme eso. No ahora. No cuando todo dependía de que siguiera siendo el mismo hombre que todos creían conocer.
—¿Estás bien? —preguntó desde muy cerca.
Su voz no tenía reproche, solo una leve impaciencia. Su peso, su respiración, la cercanía que en otro momento habría sido