La tarde se había transformado en un lienzo gris que anunciaba lluvia, y pronto las primeras gotas comenzaron a caer, suaves y constantes, impregnando el aire con ese aroma fresco a tierra mojada que tanto amaba Julia. Caminaban despacio, sin prisa, por el sendero que bordeaba el río, bajo el tenue resguardo de un viejo paraguas rojo que Sebastián sostenía con firmeza.
El mundo parecía haberse detenido solo para ellos, envuelto en el murmullo del agua y el sonido lejano de la lluvia golpeando l