La noche había caído con una fuerza serena sobre la posada. El viento soplaba suave, trayendo consigo el murmullo del río y el aroma húmedo de la tierra recién bañada por una breve llovizna. Dentro, en el salón principal, crepitaba un fuego encendido en la chimenea. Las llamas danzaban, iluminando las paredes de madera y tiñendo el ambiente con un resplandor cálido.
Julia estaba sentada en un sillón frente al fuego, envuelta en una manta ligera. Observaba las brasas consumirse poco a poco, como