El amanecer llegó con un resplandor tenue, bañando el río en tonos dorados y rosados. Julia despertó en su habitación, con los ojos aún húmedos por la noche anterior. Había sentido el peso del deseo, la fuerza de la confesión y, al mismo tiempo, el filo cortante de sus propios miedos.
Se levantó despacio, caminando hacia la ventana. Afuera, el mundo parecía intacto: los pájaros cantaban, las hojas de los árboles bailaban con la brisa, y el río seguía su curso como si nada hubiera ocurrido. Sin