El jardín estaba sumido en un silencio pesado.
Elena se detuvo junto a la baranda de piedra, una mano apoyada en la curva de su vientre, la otra sujetando con fuerza el borde frío.
El viento movía suavemente su cabello.
Pero no lograba calmarla.
A lo lejos, el sonido del helicóptero aún no llegaba.
Y ese vacíole daba tiempo para pensar.
Demasiado tiempo.
Cerró los ojos un segundo.
— ¿ Está segura de lo que hace?, pregunto Aida a su lado.
—No, pero necesito salvarlo y tu me dijiste que