—Muy bien, Elena… daremos un paseo.
La voz de Hipólita fue tranquila.
Demasiado.
El cuchillo se presionó apenas contra el costado del vientre.
No lo suficiente para herir.
Sí lo suficiente para dejar claro que no dudaba.
—Camina.
Elena tragó saliva.
Y obedeció.
Cada paso fue lento.
Medido.
Sintiendo el frío del suelo bajo sus pies, la lluvia que comenzaba a alcanzarlas al cruzar la puerta.
El viento golpeó con fuerza apenas salieron.
La tormenta estaba encima.
Hipólita la empujó