Xander no la siguió, no está vez.
Se quedó de pie en medio de la habitación, inmóvil, con la respiración pesada y la mirada fija en la puerta por la que Elena acababa de salir.
El silencio que quedó detrás… fue ensordecedor.
Apretó la mandíbula.
Las palabras de Elena seguían ahí, incomodando en lugares donde él no quería mirar.
Cerró los ojos un segundo.
—No… —murmuró para sí mismo.
Pero la imagen llegó igual.
Su madre, llorando.
Siempre llorando.
Y la voz de Hipólita, constante
“Tu