El aire en el salón principal de la Mansión Vieri todavía olía a humo y muerte. Alessandro entró con paso firme, escoltado por Matteo, encontrándose con una escena que desafiaba toda lógica: su padre, Demian, libre y cubierto de sangre enemiga; su tío Dante, con la mirada gélida de un verdugo; y Dimitri, el Pakhan de la Bratva, sosteniendo a una Valentina exhausta.
—Llegas tarde, Capo —siseó Demian, escupiendo al suelo—. Tu tío y este... este animal italiano tuvieron que hacer tu trabajo.
Aless