La noticia del colapso de la Operación Cronos llegó a Nikolai como un golpe de martillo. Los activos, expuestos y congelados por los reguladores de Zúrich, representaban no solo miles de millones perdidos, sino una humillación pública que ponía en peligro todo su imperio.
Nikolai abandonó el juego de ajedrez. No había más negociaciones, solo venganza.
—¡Fuego! ¡Quiero todo lo relacionado con los Vieri ardiendo! ¡Cada puerto, cada almacén, cada ruta de tráfico que Valentina Vieri valorara! —gritó Nikolai a sus hombres.
El resultado fue inmediato. En el sur de Italia, la violencia se desató. Los ataques no eran quirúrgicos, sino brutales y aleatorios, diseñados para sembrar el caos y forzar a Alessandro a revelar la ubicación de los fugitivos.
En la Mansión, Alessandro observaba los mapas digitales parpadeando en rojo. Puertos atacados, barcos incendiados, y la pérdida de activos estratégicos menores pero visibles.
—Nos está atacando sin reservas —dijo Alessandro, su voz tensa.
Valeria