Zúrich, la capital bancaria de Europa, era un manto de seguridad impenetrable, ideal para los negocios de la mafia. Dimitri y Valentina llegaron bajo identidades falsas, moviéndose a través del aire helado de la madrugada. El secreto de su embarazo se había convertido en una tercera persona invisible en su misión, obligando a Dimitri a una cautela que normalmente despreciaría.
El objetivo era un edificio de fachada discreta cerca del distrito financiero, donde los sistemas de transferencia de datos de La Bóveda Negra convergían.
—Aquí está el punto débil. Si ataco desde un servidor externo, Nikolai lo rastreará. Debemos estar dentro del perímetro físico —susurró Valentina, ajustándose la chaqueta bajo la cual llevaba equipo electrónico diminuto.
Dimitri se encargó de la seguridad física. Utilizando los viejos protocolos Vieri de la Fractura, logró neutralizar discretamente los sensores externos y las cámaras. Mientras él trabajaba, sus ojos nunca dejaban a Valentina. Un estornudo, un