La sensación de llevarla así, como a una muñeca de trapo, como si su peso liviano pareciera de mentira, no se me va a olvidar nunca en la vida. Estaba cubierta de sangre. Yo también. Mis manos, mi ropa, todo rojo. E Isabella floja, parecía muerta.
Fabiola iba al frente, gritándole a cualquiera que se le pusiera en el camino. Empujaba puertas, movía camillas.
—¡Médicos, ahora mismo! —gritaba.
El hospital se volvió un circo. Todos corrían, pero nadie se acercaba.
—¿Dónde mierda están los médicos?