La primera cena después del atentado fue un desastre.
Me senté en la cabecera de la mesa, serio como una lápida. Con la desesperación todavía escurriéndome del alma, si es que todavía tenía. La idea, la puta idea de haberlas perdido en un segundo, a ambas no se me iba más. Esos hijos de puta lo pagaron con sangre.
Ponía cara de póker para que no se me notara que por dentro podría morirme, pudrirme si les tocaban un solo pelo.
A Isabella la espiaba a escondidas. Mi princesa ya no estaba, sus ber