Dormimos juntas esa noche otra vez con Isabella, ya se había hecho costumbre. Me hacía sentir tranquila y a ella también.
Intenté imaginar a quién se parecería nuestro hijo. ¿A él, con esa cara de culo que ponía a todos nerviosos? ¿O a mí, terca como una mula?
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Isabella, medio dormida.
—No lo sé —susurré.
Bueno, al menos ya no era el miedo lo que nos rodeaba. Había un poco más, algo más lindo en que pensar. Algo más que nos daba fuerzas para seguir, para imaginar