Otra reunión con todos esos viejos. Otra vez. La mesa llena de sus caras arrugadas, buscando dónde clavarme los dientes. Y estaba cansada, agotada. Los pies hinchados me dolían, no aguantaba más estar parada, estar sentada, estar. La panza cada vez más grande me tiraba hacia adelante. Me costaba respirar, me costaba moverme, me costaba todo.
Una vez cada quince días venían a ver si ya me había desmoronado, si ya me había rendido. De a poco me acostumbraba a sus miradas: una mujer sentada en la