Tenerla conmigo a las dos, a las tres me borró un poco la angustia, las preocupaciones. Ver a Isabella sonreír con mi sobrina, la cara de asombro de mi hermana mirando la casa. Era respirar un poquito, permitirme ilusionarme de nuevo con otro Galli que venía en camino.
Normal, como una madre normal y no como la cabeza de una familia de mafiosos.
—Ustedes los ricos se dan buenos lujos —murmuró mi hermana.
Le di un codazo.
—Esto no es mío. Es de los Galli. Y si pudiera, lo dejaría todo.
—No puede