El egoísmo que no deja

Me acerqué. Alessandro me mostró la pantalla. Tenía razón: las mismas frases repetidas, los mismos horarios. No era un pendejo enamorado. Era una trampa.

—La cazaron como a un animal —murmuré.

Victoria se había quedado ahí parada, pálida. Tenía la marca de mi mano en el brazo. Los ojos rojos, pero ya no hablaba.

Respiré hondo, tratando de calmarme. El cigarrillo me temblaba cuando lo encendí. El humo me quemó los pulmones.

—Rastréenlo —ordené—. Quiero su ubicación. Quiero cada movimiento de est
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