Fue un día de mierda. Hacía mucho que no salía a la calle a hacer el trabajo sucio. Para eso tenía a mis hombres.
Pero el panadero estaba deshecho. Era un hombre mayor, trabajador, que siempre había sido fiel a la familia. Lloraba como una criatura. Me mostró las fotografías de la hija en el hospital: los cortes, las suturas, la cara hinchada como una pelota.
El rostro de mi propia hija se cruzó por mi cabeza. Sentí una furia enfermiza. Le ordené a uno de mis hombres que lo buscara, que lo ubic