Max
Lucile con su sonrisa perfecta me miraba desde el otro extremo de la mesa como si fueramos una pareja feliz... Una real.
Yo apenas había probado el desayuno.
El olor del pan tostado, la mermelada de naranja, los huevos revueltos... todo me sabía a cartón. La comida no me bajaba. Nada me pasaba la garganta, en realidad.
—¿Estás bien, amor? —preguntó, inclinando la cabeza, con su tono meloso cuidadosamente medido.
Asentí. Fingí una sonrisa. Tomé una cucharada de fruta sin sabor y la llevé a