Yina
—Buenos días, señora —dijo con ese respeto que solo usábamos cuando sabíamos que podían escucharnos.
—Buenos días, Rupert —respondí, igual de cortés.
Ambos sabíamos que no éramos solo empleada y guardaespaldas. Teníamos una historia por detrás. Una que había comenzado con mi nueva vida... Gracias a Emma, su difunta esposa.
Rupert se sirvió un café, sin azúcar, como siempre. Se apoyó contra la isla, mirándome en silencio. Sabía que algo lo inquietaba.
—Hoy... hoy se cumplen cinco años —murm