Paulina
Golpearon la puerta. Una, dos veces. Luego la voz de Max, bajita y paciente.
—Soy yo… ¿Puedo pasar?
Me acomodé en el sillón donde había pasado las últimas horas.
Me limpié rápido los dedos manchados de lápiz. Aún tenía el cuaderno abierto sobre las piernas, con líneas que no sabía si eran bocetos o cicatrices de heridas que tenía que sanar...
—Sí —respondí con suavidad.
La puerta se abrió despacio, y por un instante, pensé que venía con algo serio. Un problema, una noticia… Pero no. E