Max
Sus dedos entrelazados a los míos me arrastraron por los pasillos, lejos del ruido, del eco de copas y risas falsas.
No pregunté a dónde íbamos. No quería saber. Solo quería que no soltara mi mano.
Cruzamos una puerta oculta, subimos unas escaleras estrechas y silenciosas.
Llegamos a una galería privada. La luna se colaba por el tragaluz, bañándola a ella en plata. Se quitó la máscara y ahí estaba. La mujer del cementerio. La de los sueños. La que no conocía… y sin embargo, sentía mía.
No