Ignacio salió de la mansión de Héctor con el corazón encogido y la mente en blanco. El sol de la mañana le daba de lleno en el rostro, pero no sintió su calor. Solo sintió el peso de la decisión que acababa de tomar, una decisión que lo ataba a una mentira que lo destruiría por dentro. Subió al coche y se quedó sentado unos minutos, con las manos apoyadas en el volante y la mirada perdida en el horizonte. Las palabras de Clara resonaban en su cabeza como un eco que no podía silenciar: «Quiere q