Javier avanzaba con la respiración entrecortada, cada paso una batalla contra el dolor que le taladraba el hombro y la fatiga que le pesaba en las piernas. El sol de Miami se elevaba implacable sobre su cabeza, y el sudor le corría por la frente mezclándose con la sangre seca de un corte que no recordaba haberse hecho. No tenía tiempo para detenerse. No tenía tiempo para pensar. Solo tenía tiempo para seguir el rastro que Liam había dejado.
El primer botón lo había encontrado a dos calles del a