Javier se incorporó con un gemido de dolor que le arrancó el aire de los pulmones. Su hombro derecho, el mismo que se había lesionado semanas atrás, le ardía con una intensidad que le nublaba la vista. El cabestrillo había desaparecido en el impacto, y su brazo colgaba inerte a su lado, como una extremidad que ya no le pertenecía. A su alrededor, el coche volcado humeaba, y los cristales rotos brillaban bajo el sol de la mañana como pequeños puñales. El tráfico se había detenido, y la gente com