El silencio dentro de la tienda de antigüedades era un refugio, un remanso de paz después de la tormenta que habían vivido. Javier se dejó caer en la silla de mimbre, sintiendo cómo el dolor en su hombro pulsaba con cada latido de su corazón. La anciana había vuelto a sentarse frente a ellos, con el gato en el regazo y una expresión que mezclaba la curiosidad con una sabiduría que parecía venir de otro tiempo.
Liam, a su lado, respiraba hondo, intentando calmar el temblor de sus manos. El corte