El hotel Fontainebleau se preparaba para recibir la boda del año. Las flores blancas cubrían cada rincón del salón principal, y las luces de cristal proyectaban destellos dorados sobre las mesas cubiertas de manteles de seda. Los camareros se movían con la precisión de un reloj suizo, ajustando copas y revisando los últimos detalles de un evento que, para todos los asistentes, sería el momento más romántico de la temporada. Para Ignacio, era la confirmación de su condena.
Llevaba tres días sin