LILIANA CASTILLO
«La infancia termina cuando sabes que vas a morir», había dicho mi papá mientras yo lloraba sosteniendo a mi perrito entre mis brazos. Manchaz, un cocker negro con blanco, salió corriendo a ladrarle al perro del vecino y una camioneta blanca pequeña aceleró como si fuera a ganar puntos si se llevaba a mi perro entre las ruedas.
Quise ir tras él, pero mi padre me detuvo a tiempo, si no hubiera terminado igual que mi perro, en medio de la calle en un charco de sangre, con la mitad del hocico fracturado, hemorragias internas y la columna destrozada.
Mi padre sacó su arma y acabó con su sufrimiento. Era solo una niña de ocho años y conocí en persona a la muerte, de pronto se volvió real, no solo algo que se mencionaba en las series o películas. Ese día desbloqueé un nuevo miedo, uno que nunca terminé de comprender. Lo único de lo que estaba segura es que, fuera lo que pasara después de cerrar los ojos para siempre, quienes más sufrían eran los que nos quedábamos cargando