JULIA RODRÍGUEZ
Matt se quedó congelado en la puerta y volteó hacia mí con la mirada entornada, buscando las palabras indicadas.
—Sé que ya no queda nada, pero eres la madre de mis hijos, siempre que me necesites, ahí estaré —contestó con resignación y por un momento noté la tristeza en sus ojos.
Me acerqué con el corazón en la mano. Quería hablar con él de lo ocurrido, de lo que dije. Por un momento pensé que podía abrirle el corazón, explicarle por qué dije lo que dije, y que estaba confundida entre lo que debía de hacer y quería hacer, pero cuando abrí la boca, Rita apareció con su enorme sonrisa y se abrazó a Matt.
—No es la manera en la que pensaba que volveríamos a las andadas —dijo encogiéndose de hombros—, pero ya es algo.
Tomó a Matt de la mano y tiró de él para sacarlo de la casa. Me vio un último segundo antes de rebasar la puerta. Entonces sentí la mano de Carl en mi hombro. Me estaba dedicando una mirada lastimosa y una sonrisa a medias.
—Solo espero que lo que está pa