SANTIAGO CASTAÑEDA
Con la mirada perdida a través de la ventanilla del avión, no dejaba de jugar con una pluma en mi mano, apretando el botón lo más rápido posible, rompiendo el silencio incómodo con ese clic repetitivo que podría irritar a cualquiera.
Estaba molesto y tenía que sacar mi rabia y frustración de una manera pacífica, mis hombres lo apreciarían mucho, igual que el piloto de la nave.
¿Quién le dijo a mi padre que sería una gran sorpresa que me regalara una mujer para casarme? Una