JULIA RODRÍGUEZ
Liliana ni siquiera les dio tiempo a los guardias de voltear, simplemente salió corriendo en cuanto abrió la puerta. Fue un milagro que no se tropezara con las pantuflas que golpeaban sueltas contra el piso con cada zancada que daba. Cuando me asomé, la vi alejarse, sujetando la bata con firmeza de la retaguardia. Lo que parecía un plan para darme tiempo, no tenía por qué volverse una humillación pública para ella.
Salí a hurtadillas, aprovechando que todas las miradas estaban