LILIANA CASTILLO
«Corre, corre, corre…», repetía mientras a los pocos metros ya estaba jadeando. ¡Dios! No tenía condición física para esto, el corazón se me estaba saliendo por la garganta, en cualquier momento lo iba a vomitar. Pegué la espalda en la pared y con una mano sobre mi pecho agitado, volteé hacia el par de hombres que me perseguían, ¡estaban muy cerca!
Cerré los ojos y me emberrinché, aun así, seguí corriendo, pero sabía que no lo haría por mucho tiempo, mis piernas se estaban acal