La fiesta de fin de año era un océano de quinientas personas en el que yo me sentía una náufraga. Estaba sentada en una esquina, sola, protegida por mi invisibilidad de extranjera.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Guillermo.
Se iba a Antigua a hacer paracaidismo con unos amigos.
“Disfruta la fiesta y no camines sola al hotel.”
Le respondí que cenaría y me iría. Estar rodeada de gente que no te habla es la forma más cruda de la soledad.
A unos metros, el grupo que se sentaba cerca de mi cubículo