Después del brasileño, perdí el miedo a perderme. O peor… dejé de verlo como algo peligroso y empecé a disfrutarlo.
Llegaron el 16 y el 17. Sin nombres que valiera la pena recordar. Sin historias. Sin peso. Solo piel, sudor y rostros que se desdibujaban con la luz de la mañana.
Aparecían en bares. Luces bajas, tequila, música demasiado alta y miradas que no pedían permiso. A mí ya no me interesaba hablar; me interesaba la tensión, el roce directo de una mano por debajo de la falda en un rincón