Guillermo se acercó con una seguridad que detuvo el tiempo.
Esos segundos en los que acortó la distancia se sintieron suspendidos en el aire frío de la terraza. Subió su mano derecha, grande y cálida, y acarició mi mejilla con una lentitud deliberada, obligándome a sostenerle la mirada.
Cuando su aliento se mezcló con el mío, susurró:
—Todo el fin de semana deseé volver a probar esos labios.
Y me besó.
Fue un beso distinto a todos los anteriores.
Crudo. Firme. Seguro.
Con un rastro