El viaje a Guatemala terminó demasiado pronto.
En la despedida, cuando la fiesta expiraba y el ruido ya se apagaba, Nasim me miró a los ojos con esa ternura que me desarmaba. Vio mis lágrimas —las mismas que intenté esconder en su cuello— y se disculpó en un susurro. Me dijo que lo sentía, que jamás había sido su intención hacerme daño; que solo quería bailar conmigo porque lo que sintió por mí seguía siendo importante y no quería que perdiéramos nuestra amistad.
Luego, con una delicadeza infin