El número diez fue un cliente.
La primera vez que dejé que la línea profesional se desdibujara hasta volverse personal.
Su nombre era Alberto.
En mi trabajo, los clientes eran un ecosistema variado: empresarios, artistas, extranjeros con maletas llenas de planes. Me encantaba ese dinamismo; cada uno me enseñaba algo nuevo.
Pero cuando Alberto entró a la oficina junto a su hermano, el aire se volvió más denso.
No fue una suposición: nuestras miradas se anclaron y el corazón me dio un vuelco que