La vez que confundí la cercanía.
El número once fue una mujer.
Samantha.
Mi mejor amiga.
Mi cómplice.
Mi casa.
Y, quizá por eso mismo…
un error.
Salimos de la ciudad rumbo a la playa.
Un grupo de amigos, música alta, carretera abierta y esa sensación de libertad que solo llega cuando no hay consecuencias inmediatas.
Bebimos.
Demasiado.
Y cuando el cuerpo ya no toleraba más, seguimos.
Como si parar fuera perder.
En un bar, entre risas y miradas insistentes de hombres que no entendían un “no”, alguien propuso el juego.
—Finjamos